El SHERIFF encarna ese estilo tan norteamericano de erigirse como investigador, juez, gendarme y verdugo; algo de eso nos ofrece Kast con algunos de sus ministros (debe ser por esa razón que algunos proyectan la imagen de «caballos desbocados y salvajes»), lo que no tengo tan claro es si eso se ajusta a lo ético y/o legal, tampoco si es por una pulsión de parecer más ejecutivos y eficientes, en parte puede ser una trampa en la que caen por clasismo o hiperventilación, en parte por vender la imagen de intolerantes con quienes rompen la ley, lo que les eximiría de ser culpados de malintencionados.
Es una tentación, a veces, irresistible de pasar rápidamente desde la emisión de un juicio valórico a emitir una condena; lo escribo así porque de pronto me sorprendo haciéndolo, pero la insignificancia de mi opinión en casos de relevancia me da tiempo de repensar y reflexionar respecto y a enmendar juicios presurosos y castigadores, juicios lapidarios como los de Boric y miles o millones de usuarios de «X» u otras redes sociales de «gatillo rápido».
Con esto no voy a sacralizar o «santificar» el papel de voces más reposadas de nuestra sociedad, como podría ser un juez o un periodista o un filósofo, quienes por lo general actúan con hechos consumados (como se dice en jerga futbolística: «siendo entrenadores con el diario del lunes en la mano»), lo cual te da más protección y menor predisposición a equivocarte, lo que no significa para nada, que estén inmunes a fallar erradamente.
Jhon Wayne habría sido un magnífico representante de esta vertiente justiciera de los grupos conservadores en lo valórico y liberales en lo económico. El mundo de los Sheriff era bastante más simple en su gobernanza, pero poco amable con quienes tenían la mala suerte de ser impopulares (pobres, homosexuales, feos, deformes, exóticos, flojos, oportunistas, ventajistas y traidores). Al describir esto no exculpo a los «zurdos», que con su afán de «cancelar» a quienes se alejen de su «buenismo» no pocas veces coinciden con sus adversarios. «El mundo del Buen Gusto tiene una transversalidad que recorre a las sociedades de un lado a otro subrepticiamente».