Falla la justicia aparece como parche un Lomo de Toro. A medida que falla el Estado para controlar y supervisar el cumplimiento de la ley, es un signo patognomónico la aparición de lomos de toro, tratando de controlar la falta de respeto de algunas personas por las leyes .
Hago el punto aparte aquí para explicar que el saltarse las reglas, en algunas personas es algo normal y cotidiano hacerlo. Empezó a convertirse en un sinónimo de «Falta de Estado», que aparezca un «Lomo de Toro» en los caminos; seguro que la delincuencia ya entendió ese lenguaje mudo de los hechos evidentes, los hechos que quienes saben interpretar no pasan por alto, esto es que donde sale un «lomo de toro» significa que la policía no concurre ni fiscaliza algo tan básico como el respeto a las leyes de tránsito, leyes que , por otra parte, son piedra angular de la convivencia en los espacios públicos.
Así como era preocupante el hecho de que nuestras casas debieran empezar a convertirse en pequeñas cárceles, también lo es el que nuestras calles empiecen a deformarse con los «lomos de toro».
Es una constatación de lo mal que funciona el Estado , y más censurable aún, lo débil de nuestra defensa del espacio público por nosotros, quienes como ciudadanos hemos sido incapaces de defender nuestro Estado de Derecho con nuestro pobre desempeño en los lugares públicos cometiendo pequeñas faltas que distraen
Falta ese examen de autocrítica ciudadano, en cambio al Estado les criticamos despiadadamente. Eso no les exime de su renuncia a ejercer el control de las leyes.
Las pequeñas «incivilidades» ( ¿ existe esa palabra ? ) son las que distraen los esfuerzos de una policía preparada para combatir delitos de tráfico, de sangre o de violencia y las obliga a preocuparse de problemas menores o domésticos, que no trascienden de eso la mayoría, o que pueden devenir en algo más grave los menos. El gen del desgobierno y del » hago lo que quiero», se encuentra muy arraigado en nuestra idiosincracia, lo vemos en los saqueos o en la evasión del pago del Transantiago o en los tacos cuando se adelanta por la berma o en la elusión de impuestos, de lo que se concluye que es imposible mantener el respeto de las reglas sin la coerción de una autoridad implacable. El gen del desgobierno aparece en todos los lugares donde no hay coerción desde la fuerza pública, basta que una persona se atreva a violar una norma básica para que detrás aparezcan emuladores que se sientan que ellos también tienen el derecho a cometer el mismo acto de desgobierno; junto con estos emuladores, también aparecen algunos correctores que se sienten con el derecho de evitar estos desmadres o remediarlos reemplazando la justicia, lo que genera una violencia peligrosa y dependiendo del resultado de esta intervención genera una dulce sensación de justicia o la amargura de la anarquía o desgobierno por el triunfo de la injusticia y la posterior sensación del vulnerabilidad y desprotección.
Por eso es muy importante que el Estado haga hincapié y concentre todos sus esfuerzos en cautelar el respeto por las normas o reglas mínimas o básicas redundan en una mejor calidad de vida para todos los ciudadanos, si no es posible tener un carabinero en cada esquina o en cada barrio, urge la implementación de tecnología para ayudar a detener estas pequeñas faltas y hacer una campaña de refuerzo educativo en el resto de la población para que denuncie y resista la tentación de subirse a este carro destructivo de la democracia y de la convivencia.
Por experiencia sé que lo que más agrede y genera sensación de injusticia son las faltas de automovilistas, ciclistas, usuarios del Transantiago, es cosa de contar los bocinazos en la calle , para constatar cuantas denuncias se hacen a cada rato y en cada lugar fruto de infracciones de quienes usamos las calles; porque nadie puede discutir el carácter punitivo del bocinazo, en la que quién detecta una infracción denuncia públicamente al infractor, desgraciadamente no aparece un superhéroe de traje verde y lo detenga y le pase un parte (el sueño del píbe en Chile) eso, no está, desgraciadamente.
Al Sr. Ministro de Transporte ( y del Interior) les sugiero con urgencia implementar los fotorradares ( aunque no tengan la Reglamentación), pero que empiecen a hacer un historial o » Dicom» de los usuarios de las vías de circulación para que cuando tengan una multa o tengan accidentes sirvan para evaluar la conducta o actitud social de cada usuario ( ciclistas, motociclistas o automovilistas); no existe , en las calles , nada más molesto y frustrante que ver » incivilidades» que quedan sin castigo, nada más multiplicador de «incivilidades» que la ausencia de escarnio a los primeros infractores, la sensación de impunidad es la que hay que evitar a toda costa.
Por eso aplaudo a los quijotes de la justicia chilena que insisten en perseguir y castigar a todos los homicidas de este país , aunque maten un «narco» , un «flaite» , un «veneco» o un ser humano cualquiera; los persiguen por la convicción de que no puede ni debe haber impunidad, con el convencimiento de que esa arma hoy mató un delincuente . mañana matará a otro y otro, hasta que sea imposible detener esa escalada y nos horroricemos porque el inocente hijo de un buen vecino o hijo de legislador o dirigente nacional o hijo de policía, fiscal o juez muere por una bala loca o bala designada; jamás debe festinarse con la desafortunada frase «que se maten entre ellos», esa frase destila una miopía, clasismo y falta de abstracción que deberíamos tratar de erradicar de nuestra conversación cotidiana.
México, Ecuador, Colombia, Venezuela y El Salvador nos pueden dar cátedra de las consecuencias de ese «dejar hacer» y seguir al pie de la letra la desafortunada frase. Las sociedades de esos países, que hayan hecho introspección y racionalización de este proceso de indiferencia ante estas muertes, nos podrían relatar cuanto lamentan haber hecho vista gorda a estos crímenes, no solo su reproche moral, cuyo alcance y valor es relativo según quién juzgue, sino que al desaparecer la justicia democrática ( con jueces que juzgan, fiscales que investigan y auxiliares de la justicia que se esmeran en juntar las pruebas y seguir el direccionamiento de un fiscal) queda abierta la puerta para que la narcojusticia se haga cargo de hacer valer un tipo de justicia parecida a la Ley del Talión o Justicia del ojo por ojo , diente por diente. En los barrios, comunas , estados federales donde la policía renunció a ejercer su rol preventivo, la narcojusticia es la única a la que pueden acceder sus habitantes, y esta es una justicia sin derecho a retracto , ni reclamo, donde la imparcialidad no existe y un juicio justo es excepcional; donde el » Capo» es la Corte Apelaciones y Suprema fusionada y sus sicarios son los que hacen cumplir las penas; en esos lugares los impuestos se pagan en silencios cómplices, se pagan en vidas humanas ( reclutamiento de hijos , sobrinos, esposos y nietos), se paga en la conciencia inquieta, por el temor a juzgar mal a alguien.
Insisto que el desmadre en las calles y carreteras son lo más simple de resolver y lo que más marca la impronta del Estado presente con la justicia que nos protege a todos por igual, por eso cuidemos la Justicia , la de ojos vendados, la que solo oye , no la de Hermosilla y Polanco o Muñoz, por eso es ideal la ayuda de la tecnología, porque si le sacas el factor humano, acusa a moros y cristianos, le da lo mismo si a quién delata es un hijo de diputado, si es un juez, si es figura del espectáculo, si es carabinero o un ciudadano cualquiera, el trabajo de defender nuestra convivencia lo hace sin miramientos las 24 horas del día, ¡que maravilla!.
