Ambas palabras difieren en solo una letra, pero coinciden incluso en el hecho de que donde te quieren encontrar lo van a hacer y nada te salvará de tu suerte o tu muerte. Suena terrible o muy afortunado según lo que te toque, pero es así.
Hace muchos años atrás, en la fila para un juego de azar acumulado que daba al afortunado que lo ganara una cantidad de millones tan grande que podía implicar dejar de trabajar de por vida, solo viviendo con los intereses pagados por depositar el dinero en un banco, me reencontré con un ex-empleador que era una horrible persona y peor jefe aun; entonces mi mente pensó dos cosas que antes no había previsto o elucubrado con antelación:
-la primera es que, al jugar nuestras apuestas (y esperanzas) nuestros fondos son los que construyen el pozo a repartir, no es la empresa que ofrece el premio la que saca dinero de su bolsillo para premiar a uno o varios afortunados, o sea nuestras ilusiones sustentan el cumplimiento de los sueños de algunos poquitos
-la segunda es que no hay un asomo de justicia en quién recibe el premio, ese ex-empleador tiene, tenía y tendrá el mismo derecho o probabilidad de ser el afortunado receptor del premio mayor y no hay nada que yo pueda hacer al respecto, excepto dejar de jugar y abultar el pozo de ese justo o injusto ganador, según quién lo mire y juzgue.
Y derivado de eso viene caer en cuenta de que el título de este artículo cae como una verdad o certeza irrefutable.